MIS CONVICCIONES (¿DEFINITIVAS?) SOBRE ECONOMIA.
Mis
convicciones (¿definitivas?) sobre Economía.
Vaya por delante que no sé casi nada de Economía.
Las reflexiones siguientes están más inspiradas por la preocupación patriótica.
Si el fin de la práctica económica es
procurar el bienestar material de la población, parece claro que esta práctica
debería estar inspirada en alguna teoría acerca de lo necesario para lograr
este bienestar. Oponerse a la teoría con el pretexto de que “lo importante es
la práctica” y de que “la economía funciona sola (es decir, sin tener una
teoría detrás)” es una actitud propia de quienes quieren dejar todo como
está ---ya sea porque piensan que todo está
bien, o porque se oponen sistemáticamente a todo cambio---.
La modernidad inventó el Estado como entidad
abstracta (no “el Estado soy yo”, como dijo Luis XIV), como el supremo “ente
regulador”, que representa a la comunidad, cuyos directivos son elegidos por
ella, y que se encamina a corregir todos los desequilibrios ---de riqueza y de
poder, principalmente--- que pueden afligir a la nación correspondiente.
Por ello es necesario que el Estado tenga
también una figuración en la economía, y que ella sea tanto más intensa cuanto
más débil es la ciudadanía ---la llamada “sociedad civil”--- para hacer marchar
ésta.
Yendo a nuestro país, la historia económica
de Chile es tan penosa como la de cualquier otro país sudamericano. En los
siglos XIX y XX se caracterizó por
experimentar ciclos de actividad extractiva de recursos naturales (muchas veces
no renovables), y por una excesiva injerencia del extranjero en estos ciclos. El
Estado chileno se ha limitado a actuar como rentista, dejando a firmas
extranjeras el trabajo extractivo.
La
escasa actividad industrial propia que el Estado de Chile logró estimular y
llevar a cabo en el siglo XX, fue arruinada por la dictadura de Pinochet, la
cual se dedicó a importar aquello que no podía o no quería producir. La poca
independencia económica que estábamos adquiriendo gracias, por ejemplo, a la
CORFO, se vino abajo de un golpe.
Parece evidente, sin embargo, que un país,
para ser plenamente independiente, necesita disponer libremente de los recursos
y productos que juzgue necesarios para su desarrollo material. El ideal sería
que los produjera en su propio territorio y con su propia gente; la
alternativa ---importarlos--- es demasiado cara.
En este último punto, voy a dar un ejemplo
que quizá no guste, pero que ilustra muy claramente la situación. Es el caso de
las armas: Chile gasta fortunas enormes en comprar armas fabricadas en el
extranjero; si fabricáramos esas armas nosotros (y ojalá con nuestra propia
tecnología), nos resultarían mucho más baratas, y podríamos dedicar más dinero
a obras de bienestar social. Además, no estaríamos a merced de potencias
foráneas en asunto tan delicado.
Es por ello que yo no critico al Sr.
Cardoen, tan vilipendiado, porque su fábrica de armas era una empresa útil para
Chile ---estratégica a más no poder---. (Yo, por principio, soy pacifista y “antimilico”;
pero, tratándose de Chile, puedo hacer una excepción.)
Por todo lo anterior es que yo celebraría
que el estado chileno tomara sobre sí la explotación sustentable de productos
naturales estratégicos y la fabricación
de productos elaborados destinados principalmente al consumo interno
(que es lo que importa, a fin de cuentas). Y no lamentaría en absoluto una
expulsión en masa de todo tipo de firmas extranjeras.
Tratar de acomodarnos a un papel secundario
en el capitalismo globalizado actual es, a fin de cuentas, follia. Por allí no llegaremos nunca al ansiado “desarrollo”.
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