NEUTRALIDAD ANGLOSAJONA.
Neutralidad anglosajona.
Durante la guerra civil española---antesala de la Segunda Guerra
Mundial---, Inglaterra se mantuvo
estrictamente neutral, junto con otros países llamados “democráticos”. Las razones
de esta neutralidad son variadas, y, en el caso de Inglaterra, especialmente
profundas e interesantes.
¿No era acaso el conflicto español un enfrentamiento entre fascismo y
democracia? ¿Por qué, entonces, no se apoyó a esta última (es decir, a la República
Española)?
Sospechamos que para Inglaterra, el levantamiento de Franco y demás
militares sediciosos no era fascista (en el sentido en que se aplicaba esta
palabra al nazismo); era sólo uno más de los muchos cuartelazos que España
había sufrido en los últimos cien años. Además, ésta era un país exótico y
demasiado lejano ---casi africano---para que sus vicisitudes preocuparan a la
culta Albión, soberana de los mares. “Allá ellos, que se arreglen entre sí”,
parecía pensar Inglaterra.
***
Sin embargo, esa frase, “que se arreglen
entre sí”, o “que se arreglen como
puedan” refleja algo más que indiferencia; en realidad, su clave es una actitud
arraigada en los anglosajones (ingleses y norteamericanos), la cual tiene
profundas raíces históricas y psicológicas.
Para comprender esto, recordemos que, ya en la Edad Media, cada poblado
inglés podía y debía ser capaz de levantar en armas a un número mínimo de
soldados independientes (nótese el adjetivo); recordemos también cómo, en la
Guerra de los Cien Años, la infantería inglesa, formada por arqueros, derrotó a
la caballería francesa, constituida por indisciplinados caballeros con
armaduras. Ya desde esos tiempos, Inglaterra mostró un aspecto más “burgués”,
en contraste con el aspecto “feudal” de otros países en ese tiempo más
importantes.
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Hace ya siglos que los anglosajones (al menos los hombres, y últimamente
también las mujeres) son educados con la loable finalidad de hacer de ellos
personas responsables e independientes: económica, intelectual y emotivamente
independientes. Lo que a nosotros nos parece frialdad no es más que esta
independencia. Como resultado de esta educación, el anglosajón supone que toda
otra persona es como él, y, por lo tanto, igualmente capaz de resolver sus
problemas por sí solo; por lo tanto, se acostumbra a no ayudar a quien (a su
juicio) no necesita ayuda. Por lo tanto, si no interviene para socorrer a
otros, ello no implica necesariamente indiferencia de su parte; es sólo que no
ve la gravedad del problema.
Pero, se objetará, ¿acaso un país anglosajón como los Estados Unidos no
está constantemente interviniendo en otros países con variados pretextos, y
acaso no se encuentra actualmente involucrado en un conflicto del cual no sabe
cómo salir? Esto es verdad, y forma la otra cara de la medalla. Cuando el
anglosajón juzga que está en juego su propio interés (generalmente económico),
actúa donde sea, aunque ello signifique conculcar la voluntad ajena. Porque---y
esto quizá le viene de la ética protestante---actuar por interés propio es para
él, más que un derecho, casi un deber.
La moral anglosajona dice: ”En general, no intervengas en asuntos
ajenos; pero, si lo haces, que sea sólo para defender tus intereses (pues en
este caso el asunto ya no te es ajeno)”. Esta moral considera el egoísmo un
móvil legítimo en el actuar humano, y lo coloca en la base de su teoría
política y económica. Notable diferencia con la moral del latino (o del ibero),
la cual desconfía del egoísmo, y pretende prohibirlo, diciendo: ”Debes
intervenir en asuntos ajenos si la justicia así lo exige, y sin mirar tu propio
interés”. Esta es la moral de don Quijote, y ya sabemos cómo le fue al noble
hidalgo.
Con esta observación no estamos insinuando que el latino sea más
idealista que el anglosajón, sino que éste es más coherente con la educación
que recibe, y esta última es más práctica y realista que la del latino. En los
hechos, este último actúa en una forma tan interesada como el anglosajón, pero
menos coherente.
De modo que la neutralidad anglosajona, lejos de ser mera hipocresía
(como podría parecer), constituye un rasgo de racionalidad burguesa en una
nación---la británica---burguesa como ninguna (pese a los oropeles monárquicos
y demás tramoya) y más racional que muchas; una “nación de tenderos” (según
Napoleón), entre quienes prima el cálculo por sobre la emoción. Sin embargo,
digamos, para ser justos, que este rasgo constituye también una expresión de
confianza en la capacidad de otros para resolver sus problemas por sí mismos.
Santiago, 2010.
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