MIS CONVICCIONES POLÍTICAS (¿DEFINITIVAS?).

 

Mis convicciones políticas (¿definitivas?).


  

   Tras observar los regímenes políticosociales que se han sucedido en  Occidente (el Oriente no cuenta en esta investigación, porque no ha producido nada original en este ámbito---salvo la no violencia activa de Gandhi---), he llegado a la conclusión de que la meta del esfuerzo humano debe ser el socialismo, pero el camino para alcanzarlo pasa por el capitalismo. (No otra cosa es la socialdemocracia, sino el intento de combinar un sistema económico socialista con el sistema político propio del capitalismo---es decir, la democracia parlamentaria---.)

 

   Si definimos el socialismo como el sistema económico en que la sociedad toda se ocupa del bienestar de cada uno de sus integrantes, y en la cual, al estar superados los conflictos de interés o de clases, la representación de la voluntad popular es enteramente fiel a las mayorías y respeta a las minorías, creemos que nadie puede oponerse sinceramente a este ideal. El verdadero socialismo no pretende anular la democracia parlamentaria –por muy “burguesa” que sea---, sino que construye sobre ella, ya que ésta constituye un logro permanente de la humanidad occidental. El ideal socialista no se opone ni a la libertad de expresión ni a la libre iniciativa económica (eso que parece preocupar tanto a los derechistas). Lo único que el socialismo impone---y esto por consenso universal---es que cada ciudadano contribuya al bienestar de cada uno de los demás. Como se ve, ésta es una idea altamente justa y razonable, y constituye la mejor manera de hacer que cada uno dé lo mejor de sí en beneficio de la colectividad. Pero requiere de las personas la madurez suficiente como para posponer las ventajas individuales en beneficio del grupo. Esta es la principal---y quizá la única---razón por la cual su implantación ha fracasado hasta ahora.

 

   La madurez ciudadana necesaria para hacer funcionar una sociedad socialista no se adquiere de la noche a la mañana. Y, aunque parezca contradictorio, la escuela de virtudes laborales y cívicas necesarias para ello está en la sociedad capitalista. La historia social de Occidente se ha movido por etapas bien definidas: anarquía (o autarquía) en la Alta Edad Media; feudalismo en la Baja Edad Media; capitalismo desde el Renacimiento hasta hoy.  Los intentos por sustituir el capitalismo---hacia arriba con el socialismo real, o hacia la Edad de Piedra con el fascismo---han fallado. La organización capitalista tiene aún muchos siglos por delante, y lo que corresponde hacer a quienes se dicen progresistas es tratar de humanizarlo mediante leyes cada vez más justas. La historia europea reciente  ha demostrado que es posible hacerlo. 

 

   Lo que no es posible es “quemar etapas”, pasando directamente del feudalismo al socialismo; esto es como querer correr antes de saber caminar. Lo que se logra en este caso es sólo “socializar la pobreza”. Hay que considerar que el burgués ---y en una sociedad capitalista, cada ciudadano es un burgués (nótese que, p. ej., en alemán, la palabra Bürger significa ambas cosas)---comparado con el siervo feudal, es un “hombre nuevo”---armado de racionalidad, dinero y hábitos de trabajo---. Del mismo modo, el hombre socialista ---no el “homo sovieticus” que tanto han manoseado los anticomunistas de última hora---es un “hombre nuevo” con respecto al burgués; es decir, el paso del primero al segundo constituirá “un gran paso para la Humanidad”... y no precisamente en la luna. Por lo tanto, el paso del siervo al hombre socialista, saltándose al burgués, es punto menos que imposible (aún en varias generaciones), y el intentarlo es señal de un fatal desconocimiento del ser humano. 

 

   En esto último, y en la pereza para pensar nuestros problemas por nuestra cuenta, consiste la “locura izquierdista” tan común en América Latina. Aquí las condiciones son precisamente las que inducen a intentar semejante locura: recién llegados al umbral del capitalismo, y aún insuficientemente compenetrados de su esencia, queremos efectuar ya el tránsito a un socialismo que quizá tampoco comprendemos bien. (En realidad, en Sudamérica estamos, socialmente, en el siglo XIV, y políticamente, en el IX.)  

 


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