LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS DE AMÉRICA Y EUROPA.
La Expulsión de los Jesuitas de América y Europa.
La expulsión de los jesuitas de algunos países europeos en el siglo
XVIII---principalmente de España, Portugal y sus respectivas colonias---es un
fenómeno político que adquiere características muy diferentes según si se lo
mira desde las metrópolis o desde las colonias.
Los jesuitas fueron fundados en el siglo XVI como punta de lanza de la
Contrarreforma. Su finalidad expresa era combatir a la modernidad. Esta última
se manifestaba en la variedad de “herejías” protestantes y en la naciente
ciencia natural, que aspiraba a examinar el mundo experimentalmente y con
independencia de las antiguas “autoridades” (Aristóteles, santo Tomás de Aquino
y la arcaica Biblia). Los jesuitas, mano derecha del papado, pretendían que
éste constituyera la autoridad suprema en todos los asuntos humanos y divinos.
Sin embargo, los tiempos ya no se prestaban para semejante subordinación. Hacía rato que
se había constituido, de la mano de la burguesía, una cultura laica y
racionalista, que aspiraba a examinarlo todo a la luz de la razón. El traje
cultural que la Iglesia había tejido para la Europa medieval estaba comenzando
a quedarle estrecho a la Europa moderna. El empeño jesuítico de hacer encajar a
esta nueva Europa en el vestido feudal-clerical estaba condenado a aparecer
como insensato y reaccionario.
La situación hizo crisis en el siglo XVIII, con la Ilustración. Aún los
“príncipes cristianos” se cansaron de las frecuentes intromisiones jesuíticas
en política, y algunos de ellos---que se sentían “déspotas ilustrados”---los
expulsaron finalmente de sus dominios. (No debemos desdeñar además, entre otras
causas, la codicia por los numerosos bienes de la Compañía, ni la animadversión
de la Masonería hacia ella.)
Si nos fijamos, entonces, en el papel jugado por los jesuitas en Europa,
cabe calificarlo de “reaccionario”, opuesto al progreso social; por lo tanto,
su expulsión aparece como un hecho positivo. Sin embargo, si observamos la
labor que la Compañía había llevado a cabo en América, la conclusión es
opuesta.
En Indias, los jesuitas realizaron una excelente labor misionera y
educadora, que constituyó el mejor contrapeso a la acción destructiva de los
conquistadores y encomenderos. Estos habían destruido el mundo de los
indígenas---el mundo material y el simbólico---, reduciéndolos a la indigencia
y a la esclavitud. Los misioneros, en cambio---y los jesuitas en forma
destacadísima---se dedicaron a curar aquellas heridas y a dar a los naturales
un nuevo imaginario espiritual, una nueva imago
mundi. Este proceso alcanzó su culminación en las misiones jesuíticas de
Paraguay, y también (aunque en menor grado) en las del noroeste argentino y en
las de Chiloé. Los jesuitas comenzaron a crear de la nada una nueva cultura,
que habría podido constituir la base de una futura cultura latinoamericana
libre de traumas. El proceso fue similar a la evangelización de los bárbaros
germanos tras la destrucción del Imperio Romano (a manos de estos mismos
bárbaros).
La expulsión vino a interrumpir este proceso benéfico, con lo cual los
indios volvieron a la selva o fueron presa de la codicia de encomenderos y bandeirantes. Aún en países como Chile,
la expulsión tuvo efectos “catastróficos”, al decir de Francisco Antonio
Encina.
Vemos, pues, que un mismo proceso puede juzgarse positivo en Europa y muy negativo en América. Si los reyes de España y Portugal hubieran sido más sabios, habrían expulsado a los jesuitas sólo de sus respectivas metrópolis.
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