ESPAÑA BAJO LA CASA DE AUSTRIA.
España bajo la casa de
Austria.
El siglo XVI, y hasta cierto punto también el XVII, fue la época de oro
de la nación española. Como ellos coinciden con el reinado en el país de la
casa de Austria, se suele atribuir a estos soberanos méritos que pertenecen
exclusivamente al pueblo español, en todos sus estamentos.
España llegó a ser potencia mundial por una concatenación fortuita de
circunstancias externas, entre las cuales pesaron más dos: una ligazón
dinástica con otras casas reales europeas, y algo totalmente inesperado: el
descubrimiento de América. Este último fue patrocinado por los Reyes Católicos
(al menos por Isabel); la otra circunstancia
trajo a la casa de Habsburgo a reinar en España.
Es difícil afirmar que los reyes Habsburgo hayan visto la inmensa
oportunidad que se abría a España en ese momento. El país acababa de consumar
su unificación (en los términos en que ésta se concebía en aquellos tiempos), y
se hallaba en un momento de gran vitalidad física e intelectual. Pese a esto,
los Habsburgo no comprendieron nada. Carlos I, nada más llegar, rodeado de
flamencos rapaces, suscita la cólera de la incipiente clase media o burguesía
de la época---formada por los llamados “hidalgos”---. En lugar de apreciar las
posibilidades de esta clase emergente---incluso como aliada política---, Carlos
ahoga en sangre la rebelión de los comuneros. Este hecho anuló por siglos a la
naciente burguesía española, la cual, en lugar de convertirse en levadura
renovadora---como en Francia, en Inglaterra, o aún en Alemania---, se dedicó a
imitar el improductivo modo de vida de la nobleza.
Otro malentendido se produjo con el protestantismo. Lutero era súbdito
de Carlos---convertido ahora en Carlos V de Alemania--- y, por ello, éste se
creyó obligado a intervenir en el conflicto eclesial, inaugurando cien años de
guerras de religión. Estas, si bien afectaron principalmente a la Europa central,
constituyeron para España una gran sangría de dinero, población y energías.
Además, algo de tolerancia religiosa habría beneficiado a la sociedad española,
demasiado dominada por el clero católico. Los protestantes, con su mentalidad
burguesa, democrática y respetuosa del trabajo cotidiano, habrían constituido
un ejemplo positivo para la población, compenetrada de valores militares y
clericales--- es decir, no aptos para la modernidad que se avecinaba---. No
olvidemos que la revolución
científico-tecnológica que estaba por comenzar, lo haría sobre todo en
los países protestantes.
Sabemos que, posteriormente, Felipe II cerró el país a esta modernidad,
prohibiendo todo libro que no fuera una repetición del tomismo medieval. (Tan
grave fue este fenómeno, que no faltan quienes dicen ¡que España no tuvo
Renacimiento!) Con ello el país se privó de las novedades tecnológicas, con lo
cual se condenó a la marginalidad, no sólo cultural, sino también política y
económica.
Sin embargo, evidentemente después de la vuelta al mundo llevada a cabo
por Sebastián Elcano, los dómines al menos no podían seguir pretendiendo que la
tierra era plana... Precisamente en conexión con los descubrimientos
geográficos se manifiesta más palmaria la incomprensión que impedía a los reyes
Habsburgo ver su propio país y su oportunidad histórica. Estos monarcas
utilizaron sus posesiones americanas como una cantera de donde extraer riquezas
minerales y vegetales para financiar sus absurdas y costosas guerras europeas.
El “oro de las Indias” no benefició ni a las Indias ni a España, pues fue a
parar a las arcas de los usureros genoveses y holandeses (quienes estaban
inventando el capitalismo a costa de España).
En cuanto a la sociedad americana, se intentó convertirla en una copia
de la España feudal que se resistía a renovarse y a morir. El peonaje nativo y
mestizo era una repetición de los antiguos siervos de la gleba; los “pueblos de
indios” eran similares a las poblaciones fundadas por los reyes de Castilla en
las tierras reconquistadas a los moros, etc. De hecho, la América colonial
experimentó en tres siglos un proceso de aculturación similar al efectuado en
la Europa medieval durante cinco. Al llegar el año 1800, sin embargo, era un
gigante anquilosado, una especie de Imperio Bizantino, dormido sobre sí mismo
(mas sin la espada de Damocles de los turcos), sin renovarse ni morir. De
hecho, la renovación y la destrucción la trajeron (de fuera) sus propios hijos;
pero ésta es otra historia...
Noviembre
2010.
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