LOS MALENTENDIDOS DEL SOCIALISMO.
Los
malentendidos del socialismo.- I
El socialismo ha caído --- no como ideal social, sino como ideología y sistema de una potencia
mundial desaparecida ---. Por esta razón, algunas personas del “otro bando”
creen innecesario ocuparse más de él. Sin embargo, precisamente ahora
disponemos de una mayor perspectiva para
juzgar a este fenómeno sociopolítico con ecuanimidad.
Durante la guerra fría, los EUA , autoasignándose el papel de adalides
del capitalismo, se dedicaron a combatir la influencia socialista en el mundo
por varios medios, entre ellos el dinero (Plan Marshall) y la propaganda (Radio
Free Europe). En este último caso, el caballo de batalla era el manido argumento de la “libertad”.
Este
argumento encontraba eco en los países del Este de Europa; no así en el Tercer
Mundo, donde las masas no gozaban de libertad --- ni económica ni de ninguna
especie--- bajo regímenes no precisamente socialistas, sino feudales bajo
apariencias de democracia, y donde el
problema de fondo y más sentido por la población era el de la desigualdad
social. En esta parte del mundo, donde el capitalismo era aún una novedad ( y
donde, por lo tanto, “El Capital” de Marx, escrito para describir el
capitalismo maduro, no venía al caso), la labor de los partidos de
izquierda era --- o debió haber sido---
una lucha contra los restos de explotación feudal. En los lugares en que esto
fue así, el pueblo los vio como sus defensores, y las críticas de origen
yanqui--- hechas en nombre de una “libertad” desconocida para ellos --- no
pudieron hacerles mella. En realidad, podemos decir que, para los pobres de
América Latina, Africa y Asia, la polémica ideológica entre socialismo y
capitalismo --- con “El Capital” de un lado y Adam Smith del otro--- pasó por
encima de sus cabezas. Ellos sólo veían al amo inmediato que los oprimía, y a
un grupo de “agitadores” que los hacían conscientes de sus derechos.
Un
caso notable de esto fue la guerra civil española, que tuvo dos aspectos: uno
interno, “pueblo versus feudalismo”, y otro externo (lo que el mundo vio en
esta guerra) , “democracia versus fascismo”. A nivel del pueblo español, fue
más válido el primer aspecto; el segundo tenía mucho de propaganda dirigida a
conseguir ayuda.
Al
revisar estos hechos, nos topamos entonces con la conocida paradoja del
“triunfo” del socialismo, no en países “maduros” para él (como los
industrializados), sino en aquéllos donde el capitalismo era de implantación
reciente, o inexistente. En estos países, en nombre de un socialismo aún muy
lejano, se combatió en realidad a la sociedad feudal tradicional (quizá con la
idea de “saltarse” la etapa capitalista; la historia ha demostrado, sin
embargo, que es imposible saltarse etapas).
Por
otro lado, los adversarios del comunismo, en su afán por combatirlo donde se
hallara, se encontraron haciendo causa común con los elementos más
reaccionarios del Tercer Mundo. (Semejante situación se dio también en la
segunda guerra mundial, cuando muchos sectores burgueses y clericales no
temieron unirse a los nazis por miedo al comunismo.) Por esta razón, las
exhortaciones norteamericanas a la “democracia” carecieron de toda
efectividad.
Ninguno de los dos bandos en pugna
parece haberse percatado de que sus pretensiones eran interpretadas de
otra manera en el Tercer Mundo, siendo referidas siempre a conflictos locales y
de antigua data.
Para
aumentar la confusión, la situación del Este de Europa era también paradojal:
había allí regímenes socialistas impuestos desde fuera por las armas del
Ejército Rojo. (No nos engañemos al respecto; las insurrecciones de Hungría en
1956, de Checoslovaquia en 1968 y de Polonia en 1978 prueban la popularidad ---
a lo menos--- dudosa de esos regímenes.) Aquí tampoco se dio una evolución
natural del capitalismo al socialismo.
Además, los gobiernos del Este cometieron el error de predicar el
ateísmo dogmático y de perseguir a las iglesias, sin que ello se justificara
(ni siquiera por razones maquiavélicas); con ello sólo consiguieron enemistarse
con las poblaciones -- las cuales, como
en Polonia, vieron en ello un atentado a su propia cultura--- y dar argumentos
a sus enemigos, quienes, con notable hipocresía, los calificaban de “ateos”.
Estos son algunos de los malentendidos de la historia del socialismo,
los cuales ayudaron, primero a su triunfo aparente, y luego a su destrucción
... siempre en lugares inapropiados.
Los malentendidos del socialismo.- II
Antes de proseguir este análisis, convendrá que definamos el socialismo, al menos
provisoriamente. Quizá podamos caracterizar este régimen sociopolítico por el
lema “todos para uno, y uno para todos”. La premisa básica del socialismo es
que cada vida humana cuenta (y, para el hombre religioso, cuenta infinitamente)
en el cuadro de la sociedad total; por eso, ésta en su conjunto se hace
responsable de cada uno de sus miembros (aún de quienes no merecerían---por su
irresponsabilidad o perversidad---ser bien tratados). Por otro lado, cada
miembro activo de la sociedad contribuye con una parte de su trabajo o de sus
ingresos a financiar obras para el bien de la comunidad toda. Contrariamente a
lo que propalan sus enemigos, el socialismo no implica trabajar forzadamente,
ni falta de democracia en la generación de los cargos públicos o de las leyes. Por lo demás, el
socialismo es compatible---como vemos en Europa--- con la monarquía
constitucional y con la república “burguesa”.
Lo
que caracteriza al socialismo es su condición de meta ideal a la cual las
sociedades humanas tienden constantemente. Esto se debe a que semejante régimen
social---basado en el respeto mutuo y en el desinterés---requiere, para
funcionar plenamente, una gran madurez cívica y humana, individual y colectiva.
Por ello podemos decir que, en rigor, el socialismo no se ha dado aún sobre la
tierra. Algunos países han intentado efectuar la “transición al socialismo”,
como gran avance, a partir de sociedades aún marcadas por rasgos feudales. Sin
embargo, por carecer de la madurez necesaria, se han desviado hacia formas
políticas espurias, generalmente dictatoriales y burocráticas, las cuales no
han podido imitar los logros del capitalismo, y esto las ha hundido.
El
socialismo llamado “científico”---nombre que sólo significa que es algo menos
utópico que el de sus predecesores---nació en los escritos de Carlos Marx,
especialmente en “El Capital”. Este contiene una descripción crítica del
capitalismo, y prevé la transformación
de éste en la futura sociedad socialista. En nuestros países
sudamericanos, el “izquierdista medio” (“the average leftist”) no ha leído “El
Capital”, y por lo tanto no ha advertido la filosofía de la historia que le
subyace; ésta postula simplemente que, para llegar al socialismo, se debe pasar
primero por el capitalismo para que las “fuerzas productivas”---y nosotros
agregaríamos, la mentalidad individual y colectiva---alcancen el grado
necesario de desarrollo. La adopción prematura de medidas tendentes a crear una
estructura económica y social de corte socialista es lo que ha llevado al
fracaso a los gobiernos llamados “socialistas” en Europa del Este y---es hora
de decirlo---en Cuba. Hemos visto que en estos países han subsistido el
subdesarrollo económico (en el monocultivo del azúcar, por ejemplo) y el cívico
(evidente en cultos a la personalidad, como el de Stalin, el de Ceausescu y el de Castro).
El
principal malentendido del socialismo ha consistido entonces en llamar
“socialismo” a algo que no lo es---treta usada por amigos y enemigos, si bien
con fines opuestos---, y en creer que este régimen pudiera triunfar en países
no preparados, ni política, ni económica ni socialmente para él. Y luego, para
mayor ironía, sorprenderse de su fracaso.
Santiago,
octubre 2010.
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