SOBRE LA EVOLUCION DE LA PINTURA EN OCCIDENTE.
Sobre la evolución de la pintura en occidente.
Repasando la historia del arte plástico de
Occidente (sobre todo de la pintura), sabemos que en la Edad Media no había
mayor interés por reproducir con exactitud la naturaleza, ya que sólo
importaban los “seres divinos”. Más adelante, en el Renacimiento, comienza a
manifestarse el interés en cuestión; por primera vez---después de la caída del
Imperio Romano--- aparece en Europa una mirada atenta sobre la naturaleza, una
mirada de amor, que se goza en los detalles de los objetos.
Poco a poco los artistas van adquiriendo
pericia en la representación de objetos (y de figuras humanas y animales),
hasta que esta habilidad pasa a constituir parte de su acervo. A partir de este
momento---que parte en el Barroco---, comienza a ser más importante la “manera”
de representar los objetos que los objetos mismos. Aparecen los juegos de “luz
y sombra” y de perspectiva (escorzos);
los objetos siguen siendo reconocibles, pero bajo aspectos sorprendentes
(lo cual constituye la “parte poética” de la pintura). Al llegar el siglo XX,
esta “parte poética” se independiza y---reducida a mera técnica en el vacío---,
da nacimiento al arte abstracto. Este último, al no hacer ya referencia a nada
natural, sobrevive como mera decoración. Y en eso estamos hoy en día.
El proceso arriba descrito se interrumpió en el siglo XIX. Este
constituye un interregno prosaico; la mirada de amor sobre la naturaleza
desaparece, y se convierte en una mirada que pretende sólo describir, como si se
quisiera elaborar un informe científico. Con ella, desaparecen la originalidad
y la poesía. (Ello es una manifestación más del prosaísmo generalizado de este
siglo.) Tuvieron que llegar los impresionistas---enarbolando teorías estrafalarias que ya no convencen a
nadie---para salvar a la pintura,
devolviéndole la poesía.
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Mientras
los pintores fueron “torpes” en la representación de la naturaleza (personas,
cosas, animales), hubo lugar en pintura para la poesía. Es precisamente la
diferencia entre el objeto y su representación lo que permite que existan
versiones “individuales”, y que estas versiones sean “poéticas”. (Recuérdese el
episodio en la novela de Pedro Prado Un
Juez Rural en que dos amigos pintores pintan un mismo paisaje y obtienen
versiones completamente diferentes.)
El
Renacimiento dio grandes pasos hacia el “realismo” en pintura. Más tarde, con
el Barroco, los artistas alcanzan tal maestría en la reproducción del mundo
que, a partir de entonces, ya no habrá detalle que se les escape. Con ayuda de
la perspectiva, del claroscuro, del escorzo, es tal la fidelidad a sus modelos
que, si no fuera por cierto “espíritu impalpable”, habrían caído en el
“realismo fotográfico”.
El paso
hacia este último se dio en el siglo
XIX, y el resultado fue de un prosaísmo insoportable, tanto en los temas como
en la manera de tratarlos. La actitud
pretendidamente científica convirtió los cuadros en informes de laboratorio,
sin un asomo de subjetividad (que es lo que hace interesante una obra de arte,
e introduce en ella la poesía).
Alrededor
de 1900, los pintores se dieron cuenta de lo que habían perdido por culpa del
realismo y del relamido academicismo, y comenzaron a buscar modos de recuperar
la esquiva poesía. Los diversos “ismos” de 1900 no son otra cosa que eso. Como
la representación fotográfica de lo real ya no interesaba, los pintores
comenzaron a deformar la realidad a su capricho. (Los diversos ”manifiestos” no
son más que intentos a posteriori de
justificar estos caprichos.)
La
subjetividad del pintor fue la rendija por donde la poesía pudo volver a la
pintura. El “capricho” del pintor---equivalente al del poeta---introdujo en
cada cuadro el elemento de misterio, de sorpresa, de incertidumbre: el desafío
para el espectador. (La verdadera poesía debe ser siempre eso: una huida de lo
obvio, el antídoto al lugar común.)
Era esperable, sin embargo, que la representación de la naturaleza---aunque fuera “interpretada” por el artista---cansara a los pintores. El paso siguiente fue, pues, la abstracción. Ahora el cuadro sólo se representa a sí mismo: el espectador debe conformarse con las relaciones entre líneas, superficies y colores. Desgraciadamente, una pintura así deviene muy pronto en pura decoración, sin relación con aquello que nos interesa a los seres humanos: el mundo y nuestro rostro.
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