INTELECTUALES EN LA GUERRA FRIA.
Reflexiones suscitadas por la experiencia de los intelectuales
en la Guerra Fría.
Durante la
reciente guerra propagandística---llamada Guerra Fría--- entre los EUA y la
URSS, todo quien quisiera opinar debía atenerse a las siguientes limitaciones:
había dos bandos en pugna, y quien se manifestaba en contra de uno de ellos,
automáticamente era considerado como un partidario del otro bando; por el
contrario, si alguien se manifestaba en favor del bando A, era considerado un enemigo del bando
B.
Abordando el asunto en forma muy general, si
hay dos bandos en pugna, A y B, y si alguien---un “intelectual”---se cree
obligado o con derecho a opinar acerca de ambos bandos, hay 4 posibilidades:
mostrarse partidario de A, mostrarse partidario de B, mostrarse (parcialmente)
de acuerdo con ambos, y mostrarse en desacuerdo con ambos. En los dos últimos
casos, el opinante se sitúa implícitamente fuera de la disputa, en posición
arbitral. Esta es precisamente la
postura que corresponde al intelectual. Este es, por definición, un buscador de
la verdad, se halle donde se halle. Su preocupación no debe ser con cuál de los
dos bandos coincide, sino cuál es la verdad. Desgraciadamente, ésta no suele
coincidir totalmente con uno ni con otro de los bandos en pugna. En vista de
ello, lo que debe hacer el intelectual es mantener su postura, y no tratar de
adaptarse a la doctrina oficial de ninguno de ambos bandos.
El
intelectual no representa a nadie más que a sí mismo, y su voz es la voz de la
razón. (Cosa muy distinta de ”la voz de Dios”, cuya propiedad se arrogaban los
curas.) Al intelectual sólo lo puede desautorizar una visión más profunda o más
informada de las cosas. Es decir, a un intelectual sólo lo puede refutar otro
intelectual, más profundo o más informado que él (no un “comisario” de algún
tipo). Las razones de tipo político-estratégico ---como que “al reconocer este error,
le damos argumentos al enemigo”---no deberían hacer mella en él. Su oficio no
es conducir el mundo, sino sólo ayudar a quienes lo conducen, mostrando hacia
dónde se encamina el mundo con las tendencias actuales, y hacia dónde debería
ir.
Este último
tema bordea la temática religiosa---para la cual los intelectuales de hoy no
parecen muy dotados---. La sociedad del futuro en Occidente---que es la parte
del mundo que nos interesa---tendrá que dar una respuesta---por rudimentaria que
sea---a esta última cuestión. De otro modo, lo único que queda es “ir tirando”…
&&&
En cuanto a
la situación de los intelectuales latinoamericanos, ellos también fueron
reclutados, mal de su grado, en la Guerra Fría. En la mayoría de los casos,
conservaron su independencia, pero a duras penas.
Los intelectuales de nuestra región se han dado
cuenta, desde los comienzos de nuestra vida “independiente”, del peligro que
representan para nosotros los EUA: peligro militar, político y cultural. Ello los
ha hecho ser espontáneamente ”antiyanquis”, como una medida de autodefensa.
Hace un
siglo (en tiempos de José Enrique Rodó), podían existir los ”antiyanquis de derecha”: personas que desconfiaban
de la influencia norteamericana en el ámbito de la cultura, pensando que ella
podía hacer desaparecer nuestra cultura tradicional. Estas personas, aunque fueran sinceras,
solían ser “cooptadas” por los grupos oligárquicos, para quienes “defender la
cultura tradicional” significaba mantener las estructuras feudales de
poder. Por ello, esta postura tradicionalista
no ha perdurado entre los intelectuales.
Una vida
más larga ha tenido la postura “antiyanqui de izquierda”, ya que, durante la
Guerra Fría, el ser de izquierda implicaba oponerse en todo y por principio a
los EUA. Sin embargo, y bien mirado, esta última fue un conflicto geopolítico más que ideológico, y su “teatro de
operaciones” abarcaba nuestra región en forma sólo marginal. Nosotros debimos
habernos ocupado fundamentalmente de nuestros problemas ---el primero de los cuales era
nuestra relación con los EUA.
En América
Latina tenemos motivos de sobra para ser antiyanquis---o, al menos, para
recelar de los EUA---, sin necesidad de
recubrir de comunismo nuestras demandas. (Ello no obsta para que contemplemos
el socialismo como una meta remota, a ser alcanzada una vez eliminados los
restos de feudalismo.)
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