LIBERTAD E IGUALDAD.

 

Libertad e Igualdad.

 

I.              Libertad. 

 

“Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”

                                       Madame Roland, al pie de la guillotina.

 

   En una primera aproximación, después de recorrer todo tipo de autores, vemos que la libertad es mencionada en dos contextos diferentes:

-uno (hoy más bien olvidado), como atributo inherente al ser humano;

-otro, como un conjunto de “derechos  políticos” que todo ser humano  puede (y hasta debe) ejercer. 

 

   En el discurso actual es más frecuente toparse con la segunda acepción, convertida en bandera de lucha de facciones políticas muy diferentes y hasta opuestas entre sí. En el habla popular, sin embargo, predomina el concepto individualista de libertad, como el “poder hacer lo que yo quiero”.

 

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   Creo que conviene partir analizando la libertad del individuo. Podríamos pensar que ser libre es carecer de impedimentos para actuar en cualquier forma; o, más bien, la libertad sería una condición tal que yo, teniendo varias posibilidades de acción, y conociendo (dentro de lo racionalmente previsible) las consecuencias de cada una de éstas, puedo elegir cualquiera de ellas, sin que ello me acarree consecuencias demasiado negativas.

 

   Serían consecuencias “demasiado negativas”  aquéllas que entrañaran un daño inaceptable para mi cuerpo o para mi espíritu. Por ejemplo: la esclavitud, la vergüenza permanente, la enfermedad terminal o la muerte. Ante una posibilidad como alguna de éstas, todo mi ser se retrae, y se niega a dar pasos conducentes a algo así. Por ello, éstas no son posibilidades reales, y lo normal es no considerarlas a la hora de tomar una decisión.

 

   En caso de que sólo existan consecuencias de este tipo, es como si la naturaleza o la sociedad (o Dios, para el creyente)---en suma, un ente más poderoso que yo---me dijera: “Eres libre; pero, si tomas este camino…”

 

   Esta última situación no constituye verdadera libertad. Para hablar de libertad, el hombre debe ver ante sí al menos dos caminos practicables---es decir, cuyas consecuencias no sean del tipo antes descrito---. Entonces podrá elegir el que le parezca mejor, basándose en su razón y en sus sentimientos. Así---y siempre “en una primera aproximación”---, cada ser humano se vuelve responsable de sus actos sólo ante sí mismo y ante sus iguales (en la medida en que sus acciones los afectan).      

 

   La “libertad política” no es más que la consagración de esta libertad individual en las leyes, con la consabida precaución de que la libertad de un individuo no debe dañar la de los demás.  Por esto ella incluye el derecho---y casi el deber---de votar en casos de importancia, de modo que---según la fórmula consagrada---“lo que afecta a todos sea decidido por todos”.  

 

   El hombre libre actuando en sociedad se llama “ciudadano”. El es la gran creación política de los tiempos modernos.  En la antigüedad clásica apenas existió, estando limitada la ciudadanía a ciertos grupos privilegiados de sexo masculino; en el “antiguo régimen” europeo no había ciudadanos, sino súbditos. La Revolución Francesa---curiosamente, inspirada en la Roma republicana---inventó y popularizó la categoría de ciudadano, al establecer los “derechos del hombre y del ciudadano”. Desde entonces, este concepto se mantiene vigente en el mundo como aspiración ideal.

 

   Si volvemos a la primera acepción de libertad reseñada más arriba, veremos que aquellas características supuestamente inherentes a todo ser humano son justamente aquéllas que hacen de cada uno un ciudadano; por lo tanto, la sociedad debería garantizar el cumplimiento de las condiciones para que estas características se den de entrada en todo individuo. Y, además, si todo individuo tiene derecho al libre ejercicio de su ciudadanía, ello quiere decir que todos los seres humanos son---o deberían ser--- iguales en la posesión y ejercicio de ella. Si la sociedad niega la condición ciudadana a un individuo o  grupo de individuos, ello equivale a negarle su condición humana (esto fue lo que el nazismo intentó hacer con ciertos grupos humanos en Alemania); a negarle, por tanto, su igualdad con los demás hombres y mujeres. Y con esta consideración entramos en el terreno de la igualdad. 

 

II.           Igualdad.

  

   Los seres humanos no nos ponemos de acuerdo en esto: ¿somos iguales o no? Y ello porque, si bien en un primer momento parece obvio que somos iguales por nuestra constitución física, una mirada más atenta nos muestra sutiles diferencias psíquicas, muchas veces acentuadas por factores culturales.

 

   Los enemigos de la igualdad—es decir, los defensores del privilegio--- se afirman en estas diferencias sutiles para negar los aspectos igualitarios que saltan a la vista. 

 

   Nosotros creemos que los rasgos comunes a todos los seres humanos son de tal importancia, porque se refieren a la supervivencia física del individuo. Por lo tanto un grupo humano, si no quiere ser displicente con la vida de sus miembros, debe esforzarse por garantizar estas necesidades “físicas” (alimentación, abrigo), y también otras más “espirituales”  (educación) en la misma medida para todos, de modo que a nadie se le cierre el camino a su realización humana.

 

   Porque de esto se trata: la sociedad debe propender a dar a sus miembros el mayor bienestar físico y espiritual, y a todos en el mismo grado. Aunque más no sea que para evitar el ser avasallados por otra sociedad más avanzada.  

 

   El antiguo feudalismo, organizado en castas, partía de un “principio de desigualdad”; según éste, las personas eran desiguales no sólo en cuestiones “de detalle”, sino en cosas esenciales como su responsabilidad ante Dios y ante el gobernante (que, en cierto modo, encarnaba a Dios y era el único que podía exigir responsabilidades).  Hoy, sin embargo, creemos que “cada uno es responsable por sí mismo”, con o sin Dios. 

 

   Vemos, pues, que hay un vínculo estrecho entre libertad e igualdad: ésta es la garantía de aquélla.  El mayor bien espiritual es la libertad, y ella sólo se consigue cuando hay plena igualdad  entre todos los ciudadanos.  

 

Agosto 2018.

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