IGUALDAD.
Igualdad.
Sabemos que las personas son desiguales en muchos aspectos; sin embargo, la igualdad ha sido una aspiración muy sentida por ciertos grupos que podríamos llamar ---y que se llaman a sí mismos---“progresistas”. En Chile hasta hubo en el siglo XIX una Sociedad de la Igualdad, fundada por el ideólogo Francisco Bilbao.
Cabe entonces preguntarse:¿en qué difieren
los hombres---y mujeres---, y en qué pueden (y quizá deben) ser iguales?
El
siglo XIX, a través de sus luchas sociales, respondió a esta pregunta de una
manera que ha terminado por ser aceptada en todo el mundo democrático: los
hombres son iguales en su derecho a satisfacer las necesidades que dimanan de
su común naturaleza. Este derecho, pormenorizado, se descompone en: derecho al
alimento, al techo y al abrigo (lo que puede englobarse bajo el derecho más amplio
de propiedad); el derecho a formar una familia; el derecho a ejercer un oficio
dignamente remunerado; el derecho a opinar en los asuntos que atañen a todos.
(Y yo añadiría : el derecho a buscar la verdad.) Junto a los derechos del
adulto están los del niño, que también han sido codificados por las Naciones
Unidas.
Por
otro lado, los hombres difieren en su capacidad para satisfacer las mencionadas
necesidades; es decir, en sus atributos físicos, intelectuales y
caracterológicos. Estos no se pueden
alterar, ni siquiera por medio de la educación. Pero lo que sí puede y debe
asegurar la sociedad es que todos, sin importar la mezquindad de sus
capacidades, encuentren un lugar en ella para desenvolverse. El precio de no
cumplir con este deber es la ausencia de paz social.
Esta
es la igualdad que persiguen desde el siglo XIX los grupos progresistas; no una
igualación de todos con todos, como quieren hacer creer sus enemigos. A estas
alturas debería estar claro que los enemigos de la igualdad son los partidarios
del privilegio; en último término, de una sociedad estamental o de castas,
donde la adscripción a una de éstas determina finalmente el valor de una
persona como ser humano, y cuánto le debe la sociedad.
Estas personas suelen objetar a la búsqueda de la igualdad que hemos
descrito aquí ---que podemos llamar “igualdad de los derechos humanos”--- el
hecho (verdadero pero improcedente) de que los hombres nacen distintos.
“Siempre habrá”, se dice, “unos más capaces que otros; es injusto impedirles
que sobresalgan.” La falacia consiste en que, donde ellos dicen “capaces”, debe
leerse “rapaces”.
En
Sudamérica aún venimos saliendo de una sociedad estamental, sin verdadera
igualdad. Es por ello, por razones culturales, que aquí se malinterpreta tan a
menudo esta palabra (junto con su compañera, “democracia”).
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