El Cristianismo como Mitología.
El
cristianismo, en relación con las funciones de toda mitología.
Raúl
Simón E.
Examinándolo
imparcialmente---es decir, sin los prejuicios impuestos por la fe religiosa---,
debemos considerar al cristianismo como compuesto por, al menos, dos elementos:
la historia de Jesús, y la interpretación que da de ella la teología cristiana.
Es decir, como una mitología más. (Empleamos la palabra “mitología” en el
sentido no peyorativo que le da Joseph Campbell: relato simbólico cuya función
es representar o hacer tangible el misterio de la existencia de los seres
humanos y del universo.)
Según el
susodicho J. Campbell, en su monumental obra The Masks of God, toda mitología (como producto social que es)
cumple cuatro funciones:
1) Una
función propiamente religiosa, cuya finalidad es “despertar y mantener en el
individuo una experiencia de respeto, humildad y asombro, en reconocimiento de
aquel misterio último que trasciende los nombres y las formas, y ante el cual,
como dicen los Upanishads, ‘las
palabras retroceden’”. (1)
2) Una función cosmológica, que consiste en
describir en líneas generales el entorno natural y su origen, para situar en él
al ser humano.
3) Una
función social, de “validación y
mantención de un orden [social] establecido”.(2)
4) Una
función psicológica. El “centramiento y armonización del individuo”. (3)
Nuestro
propósito en esta nota es averiguar en qué medida el cristianismo ha cumplido
en el pasado y cumple hoy con estas cuatro funciones, en especial con la
primera y más importante.
- El cristianismo
como religión.
Estamos
acostumbrados a hablar de “las grandes religiones” (una de las cuales sería el
cristianismo), y a pensar que una religión es un grupo de personas que
comparten creencias acerca de la vida humana (y normalmente, también acerca de
seres sobrehumanos). Quizá podamos llamar a esto “religión” (para entendernos), pero la manifestación más
genuina del espíritu religioso no es algo colectivo, sino una actitud
individual de, como dice Campbell, “respeto, humildad y asombro” ante lo
inefable. A esta actitud podemos, para entendernos, llamarla “religiosidad”.
A nuestro
juicio, el cristianismo histórico ha exhibido poco de esta actitud de asombro
ante el mundo. En los primeros tiempos fue, al parecer, más un culto mágico
como tantas otras “religiones de salvación”
o “mistéricas” propias de la Antigüedad tardía. Pablo de Tarso fue el
responsable de transformar la secta judía original en un culto a un
dios-hecho-hombre llamado Cristo, quien desde su resurrección reinaría eternamente
en el cielo y, en un futuro cercano, volvería para poner fin a la historia,
separando a los “buenos” de los “malos”.
Desde entonces el cristianismo ha estado obsesivamente preocupado por el
pasado---la “historia sagrada”---o por el futuro---la “segunda venida” de
Cristo---, sin fijarse realmente en lo eterno, que es la fuente de la verdadera
religiosidad.
Por esto
algunas---muy pocas---figuras cristianas que han sentido la atracción del
“misterio inefable” han tenido que adaptarse a un sistema de vida y de
creencias que no les decían mucho. Pienso en san Francisco de Asís, san Juan de
la Cruz, santa Teresa de Avila, Thomas
Merton y un puñado de otros contemplativos.
Ellos, cuando quisieron dar fe de sus experiencias, tuvieron que
revestir su testimonio con un lenguaje aceptable para las autoridades
eclesiásticas.
(En el
mundo protestante sucedió algo parecido, pero menos interesante. Entre ellos se
dio más el arrebato sentimental que la contemplación del misterio.)
En general,
podemos decir que esta primera y primordial función de la mitología queda
oscurecida en el cristianismo por las funciones restantes y secundarias. Tanto
el católico ---que vive inmerso en una plétora de símbolos---como el
protestante---que ha eliminado la mayor parte de éstos---se mantienen en un
ámbito de “dogma, moral y culto” ajeno a la religiosidad más honda. Y esto es
así, aún para los mejores de entre ellos.
- ¿Existe una
“cosmología cristiana”?
Los científicos de todos los tiempos han
intentado establecer un cuadro coherente de la naturaleza que rodea al ser
humano, tanto espacial como temporalmente.
Los primeros mitos cosmológicos (los de
Egipto y Mesopotamia, p. ej.) formaban parte de la mitología más amplia, y no
había conflicto entre los dos ámbitos. La cosmología mesopotámica fue tomada
por los judíos, e incluida en la Biblia;
los cristianos, al adoptar estos libros
sagrados, heredaron la cosmología judía, y la propagaron por el Occidente.
Desafortunadamente, la supuesta inmutabilidad
de la Biblia se extendió también a los muy someros y primitivos conceptos
astronómicos contenidos en ella, los cuales, a partir de 1600 aproximadamente,
hicieron de freno para la nueva ciencia que comenzó a desarrollarse entonces.
Un caso emblemático fue el famoso “asunto de Galileo”, que ha quedado como
ejemplo del conflicto entre religión y ciencia.
A partir del momento en que la cosmología en
la cual---sin ninguna necesidad---se apoyaron las autoridades cristianas probó
ser falsa, a la mitología cristiana comenzó a movérsele peligrosamente el piso.
Este “conflicto entre religión y ciencia” ha proseguido en otros frentes. El
libro de Campbell(4) da cuenta claramente de estas etapas.
A partir de la “revolución científica” de 1600, el cristianismo ha ido a remolque de
los principales descubrimientos, aceptándolos a disgusto y con retraso, sin
lograr integrarlos en su sistema más que de una manera postiza.
- Las bases de la
sociedad, ¿son cristianas?
Es dudoso
que Jesús quisiera formar una “iglesia”; menos aún una sociedad cristiana o una
“Cristiandad”. Todos éstos son conceptos o aspiraciones posteriores en mucho a
los primeros cristianos. Al constituirse en Europa occidental la llamada
“cultura occidental” sobre la base de los valores tribales germánicos y sobre
los restos de cultura grecolatina cristiana del fin de la Antigüedad, el resultado fue una sociedad cristiana que
se creía inmutable y regida por Dios a través de los reyes y sacerdotes.
Sin
embargo, hace tiempo que los occidentales decidieron que la historia la harán
ellos, mal que les pese a reyes y sacerdotes (y no digamos nada de Dios). Ahí
está Luis XVI para atestiguarlo. Modernamente, los occidentales pensamos que el
“motor de la historia” es siempre de origen humano. Será la racionalidad, en el
mejor de los casos, o la lucha de intereses creados (”lucha de clases”) en el
peor; pero siempre será un motor humano.
Bien lo
dice—citado por Campbell(5)---“el difunto John Dewey”:
“La fe en
el divino autor y su autoridad, en los cuales confió la civilización
occidental, las ideas recibidas acerca del alma y de su destino, de la
revelación inmutable, de las instituciones completamente estables, del progreso
automático, ha llegado a ser imposible para una mente occidental cultivada.” (6)
.
¿Cuál es la
situación del cristianismo en este panorama? La de más arriba: después de 1600,
no ha vuelto a cumplir con la “función cosmológica” de toda mitología.
Actualmente, y para sobrevivir, está limitándose a opinar sobre los
acontecimientos humanos---es decir, confinándose al planeta Tierra---.
- El cristianismo y
la tranquilidad del individuo.
Se dice
comúnmente que el hombre medieval no sufría de problemas existenciales, porque
su lugar en el mundo---y en la sociedad---estaba dado de una vez para siempre
por la ideología religiosa-cosmológica-sociológica del cristianismo oficial.
Esto, sin embargo, es discutible, ya que la religión oficial, con su acento en
el sufrimiento en esta vida y posiblemente también en la otra (piénsese en el purgatorio y en el infierno), contenía muchos elementos
angustiosos, neuróticos y neurotizantes.
Además, este sistema,
al serle propuesto---más bien, impuesto---al individuo desde fuera, no
propiciaba el desarrollo autónomo de la persona (que es el terreno del cual
nace el individuo “centrado”, en armonía con el mundo y consigo mismo).
Al decaer
la autoridad social del cristianismo, la función espuria de imponer desde fuera
normas al individuo ha pasado a otras entidades, como la conciencia
(internalizada) , la razón, el instinto social (la masa), la historia, la
felicidad, y finalmente, “con cierta hipocresía, la felicidad de la mayoría”(7)
.
Desgraciadamente, como dice Loren Eiseley, “el progreso secularizado, el
progreso que sólo persigue la próxima invención, el progreso que expulsa de la
mente al pensamiento, reemplazándolo por consignas ociosas, no es ningún
progreso.”(8)
- Conclusión.
De lo anterior concluimos que, si bien en el
pasado el cristianismo cumplió con algunas de las funciones que una mitología
debe cumplir para ser social e individualmente efectiva, ello ya no es así.
Siguiendo una dinámica inexorable, los occidentales hemos retirado nuestro
asentimiento a las aserciones cristianas, sin sustituirlas por otras que se
hallen más de acuerdo con los avances que hemos efectuado en las ciencias
naturales y humanas, y aun en la política (léase democracia).
Sin embargo, lo más grave es, a nuestro
juicio, que el cristianismo ---si bien tenía herramientas para ello---nunca
validó (ni explicitó válidamente) el “misterio de la vida”, que constituye el
tema de la primera e indispensable función de toda mitología. En este aspecto,
quienes somos conscientes (oscuramente) de este misterio hemos echado siempre
de menos un reconocimiento de él---o, al menos, el derecho a buscarlo---por
parte de las autoridades cristianas. Fuera del ámbito cristiano, la situación
no es mejor; aquí cada uno se las arregla como puede, corriendo el riesgo de
caer en las perogrulladas del new age.
Si ha de haber en el futuro una “nueva era”
religiosa---y es de esperar que así sea---, ella será seguramente una era de
respeto inteligente a la ciencia, y al misterio que ésta trasluce entre líneas.
Dios no ha muerto; su nuevo nombre es “Universo”.
Enero
2021.
Referencias
(traducidas por este autor).
(1) Campbell, Joseph: The
Masks of God, vol. 4, Creative
Mythology, p.609. Cita es de Taittiriya
Upanishad, 2.9.
(2) Ibid, p.621.
(3) Ibid, p.623.
(4) Ibid, pp. 611-620.
(5) Ver nota (2).
(6) Dewey, John: Living
Philosophies, a Symposium…”, New York, Simon & Schuster, 1931, pp.
26-27.
(7) Nietzsche, Friedrich: “La voluntad de poder”, Werke („Obras Completas“), vol.15, pp.
155, 156, 160.
(8) Eiseley, Loren: The
Firmament of Time, New York, Atheneum, 1962, p. 140.
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