Dignidad y Precio.

 

Dignidad y Precio.

 

   Hemos encontrado en la prensa la siguiente cita de Kant: “Todo tiene, o precio, o dignidad. Lo que tiene precio puede ser sustituido por su equivalente; al contrario, lo que no tiene precio, ni por tanto equivalente, es lo que tiene dignidad.” (Kant, Metafísica de las costumbres.)

 

   Meditando sobre esto, se nos ocurren varias consideraciones. Las “cosas” que tienen precio son todas cosas materiales, artificiales, comprables y vendibles; el precio es la medida de su utilidad. Las que tienen dignidad, en cambio, son inmateriales, y nosotros diríamos que se identifican con los llamados “valores”. Por ello, el concepto de valor  es distinto al de precio, y superior a él.     

 

   Los objetos materiales se adquieren con dinero, es decir, (normalmente) con trabajo; pero este trabajo puede haber sido ejecutado en forma mercenaria, sólo para adquirir estos objetos. A diferencia de esto, los valores necesitan, para su adquisición, de un ejercicio penoso y constante de las mejores facultades espirituales del ser humano. Bien lo dice el dicho popular: “al que quiere celeste, que le cueste”.

 

   Por otro lado, al leer la frase de Kant, nos sentimos tentados de agregar que también los seres humanos tienen, en forma excluyente, o precio o dignidad. Pero esto es un error. Todo ser humano tiene una dignidad innata, ya que es irreemplazable. Quien permite que los demás le pongan precio, es porque no ha descubierto su dignidad. 

 

   De aquí avizoramos otras dos cosas interesantes. La primera, que pretender tasar en dinero las personas y los valores (los cuales siempre se refieren a los seres humanos) equivale a cambiar un valor por un precio, y esto constituye una necedad o una estafa. Ya lo dijo Antonio Machado: “ Todo necio/ confunde valor y precio”. (Yo diría: “sólo el necio/confunde valor y precio”.) Es por esto que, en ciertos casos, el dinero constituye una estafa existencial.       

 

   La otra idea es que toda la historia de los pueblos se reduce a una lucha por su propia dignidad---no otra cosa han sido las numerosas revueltas y las escasas revoluciones---. Aquí está el que podríamos llamar  “factor religioso” de los acontecimientos históricos; él es el que los hace tan apasionantes para sus actores, y tan interesantes para quienes los estudiamos. Una historia---como la historia reciente de los países “desarrollados”---en que lo único que se discute es “pesos más, pesos menos” carece de altura y de interés. Sin embargo, qué bien nos vendría a los sudamericanos un período de “fomedad política”; ello indicaría que todos nuestros problemas materiales ya estarían resueltos; ya no más luchas a muerte por tener democracia o dictadura, bienestar o miseria, etc. 

 

   El capitalismo es prosaico, pero---a la larga---asegura bienestar (al menos, más bienestar que cualquier otro régimen que se haya probado). A medida que el capitalismo se impone en la vida pública, retrocede el factor “dramático” o “religioso”. A los sudamericanos nos gustan el drama y la grandilocuencia; pero, sinceramente: ¿no hemos tenido ya demasiado de ambos? 

 

Raúl Simón Eléxpuru.

Santiago, 2012.

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