JARDINES
Y SORPRESAS.
(Recuerdos
de Juventud.)
1.
“Uno para leche.” (Los primeros
desayunos.)
Al viajar a
España en 1970, yo esperaba “encontrar a Don Quijote caminando por las calles”
(o casi). En realidad, el único lugar donde lo vi fue el monumento en la Plaza
de España, en Madrid, donde aparecen él y Sancho, cada uno en su respectiva
cabalgadura.
Recién
llegado a esta capital, me alojé en un hotel de la calle Leganitos, a pasos de
la mencionada Plaza y de la Gran Vía. Ese mismo día me lancé a caminar por el
centro. Pasé una vez frente al Palacio de Liria---mansión de los duques de
Alba---, sin saber de quién era aquella “hermosa casa”. Después de pasar como
por cuarta vez frente a Don Quijote y Sancho, caí en la cuenta de que me había
perdido; pero finalmente encontré el camino de vuelta.
Al día
siguiente, lo primero que hice fue buscar un lugar para desayunar. En la Gran
Vía hallé un café con mucho bullicio y animación, lleno de personas entrando y
saliendo. Tras la barra, dos camareros voceaban sin parar---y a gran volumen,
como lo hacen los españoles---consignas hacia el interior:
---¡Dos bocadillos de tortilla!
---¡Uno para leche!
¿”Uno para
leche”? ¿Por qué no “uno de leche” o “uno con
leche”? “No entiendo ni leches”, dije para mis
adentros.
2. Los
jardines Eva Perón.
Poco tiempo
después que yo, llegaron a Madrid dos amigos míos, los hermanos Vicuña. Nos
pusimos a buscar departamento y, tras casi dejar los pies, encontramos uno muy
juvenil cerca de la Avenida de los Toreros y de la plaza de toros de Ventas.
Luego se nos unió otro amigo santiaguino, y comenzamos a organizar la
convivencia. Tres de nosotros íbamos a estudiar en la Universidad Complutense,
y el cuarto (y mayor en edad) pensaba “trabajar en algo”.
Empezamos a conocer a personas jóvenes de
todas partes; los sudamericanos abundábamos. Un día de invierno se apersonó en
nuestro departamento una joven argentina cuyo nombre no recuerdo. Estaba
nevando---lo cual, para nosotros, era todavía una novedad---, y decidimos ir a
ver la nieve a un parque cercano: los Jardines Eva Perón. (No sé qué le
parecería a la muchacha el nombre de los jardines; nosotros lo encontrábamos
raro, casi de mal gusto.) Allí estuvimos un buen rato, muy abrigados,
sacándonos fotografías y tirándonos bolas de nieve. (Hasta hace poco tenía por
ahí una de esas fotos; recuerdo que aparecía la muchacha, sonriente, con un
montón de nieve en la mano enguantada, bajo el letrero con el nombre de los
jardines.)
3. Los
tristes jardines de la Facultad de Ciencias.
Si bien yo
llegué a Madrid en octubre de 1970---comienzo de semestre en la Universidad
Complutense---, me costó bastante matricularme en ésta. Debido a mi impericia,
estaba preparado para un proceso largo, de modo que acudí muchas veces a la
Ciudad Universitaria para hablar con uno u otro funcionario. Sin embargo, el
tiempo pasaba, no me parecía que mi situación progresara, y mis compañeros de
departamento ya estaban haciéndome bromas al respecto.
Lo que
avanzaba era el otoño, y el tiempo se hacía más lluvioso. Los raquíticos
jardines que aún hoy se mantienen frente a la Facultad de Ciencias---setos de
plantas separados por una extraña tierra negra, cubierta por pequeños trozos de
carbón---se veían realmente tristes, y más aún después de una lluvia. Para mí
se convirtieron en todo un símbolo de frustración y de no saber “qué estaba
haciendo allí”.
Finalmente
me matriculé y comencé a asistir a clases, pero el recuerdo de esos inhóspitos
jardines no se me ha quitado del corazón.
4. Un
templo egipcio en medio de un parque.
Uno de los recuerdos más curiosos que tengo
de Madrid es el de haber estado caminando por el llamado Parque del Oeste, y
haberme topado de repente con un templo egipcio. No era muy grande, pero sí era
indudablemente egipcio, con pilonos y jeroglíficos incluidos. Lo recorrí
lentamente, pensando que sería una réplica, de ésas que tanto se usan en los
Estados Unidos, por ejemplo.
Pues bien, no era una réplica, sino el
verdadero templo de Debod, regalado a España por el gobierno egipcio, en
agradecimiento a la cooperación española en el rescate de los monumentos de
Asuán (los que iban a quedar sumergidos por la enorme represa).
Las piedras que forman este monumento
llegaron a España en 1970; la inauguración del edificio---reconstruido pieza
por pieza---tuvo lugar en julio de 1972.
Yo me fui definitivamente de Madrid a
Barcelona a mediados de 1971; antes, por lo tanto, de que el templo de Debod
estuviese abierto al público. Entonces, ¿cuándo fue que estuve en él? Recuerdo
vagamente haber viajado dos veces de Barcelona a Extremadura y haber retornado
vía Madrid. En una de esas ocasiones (se me ocurre que en la segunda) debo haber
ido a conocer el Parque del Oeste, encontrándome allí con la inesperada
reliquia faraónica.
5. El
fantasma de Montjuich.
En 1971
marché de Madrid a Barcelona, adonde había llegado el resto de mi familia: mis
padres, mi hermana, tíos y primos. Los primeros días los dediqué, como turista
empedernido, a conocer los principales hitos de la ciudad.
En la cima
del Montjuich está la más visible---y menos conocida--- de sus muchas
atracciones: el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Me atrevería a decir que es
único en el mundo, por su colección de pinturas murales románicas, trasladadas
cuidadosamente desde remotas iglesias pirenaicas. Recorrerlo completo lleva una
mañana entera (a lo menos), de modo que, al salir yo de allí, era pasado el
mediodía.
Mientras
bajaba las escaleras del segundo al primer piso, en un descanso, noté una
puerta (o quizá sólo el vano). Entré por ella, y me hallé en una gran sala vacía. La pared del fondo estaba cubierta por
un grueso cortinón verde; abrazada a éste, y envolviéndose en él, una muchacha
de rubios rizos, que parecía agraciada, lloraba desconsoladamente.
Al percibir
esto último, me detuve en seco. ¿Qué significaba aquello? Claramente, era un
asunto que no me atañía. ¿Qué habría podido hacer yo para ayudar o para
apaciguar a la joven? Lo más prudente
era pretender no haber visto nada, dar media vuelta e irme.
No he
podido olvidar este episodio extraño e inexplicable. No descarto la posibilidad
de que “la joven que lloraba” haya sido
un fantasma de los que quizá habitan ese lóbrego Museo.
6. Pedralbes
bajo la lluvia.
Otra
expedición de mis primeros días en Barcelona fue la que emprendí una tarde en
dirección al monasterio de Pedralbes. Actualmente, según parece, hay allí un
museo; en los años 1970, el edificio albergaba una comunidad de monjas clarisas.
Yo partí del
hotel donde aún alojaba mi familia, subí por la Diagonal casi hasta los
edificios universitarios, y luego enfilé por la entonces llamada (con la
soberbia propia del régimen de Franco) “Avenida de la Victoria”.
La avenida
no era larga; pero, al llegar a la cumbre---donde se alzaba el monasterio---,
ya había oscurecido y, para colmo, llovía. Apareció un payés, a quien pregunté
(en castellano) por el monasterio de Pedralbes.
---¡Monestir?, me respondió.
No sé si dijo algo más, pero no saqué nada en
limpio. Decidí volver a casa y dejarlo para otro día. (Debí haber pensado que,
en todo caso, las monjas no iban a recibirme a esa hora.)
Este
episodio sólo prueba cuán tonto (y obstinado turista) era yo en aquel entonces.
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